El poema de amor más antiguo del mundo

 Caracteres sumerios: Tu encanto es dulce como la miel

EL POEMA DE AMOR MÁS ANTIGUO DEL MUNDO
Novio de mi corazón, amado mío;
 

tu encanto es dulce, dulce como la miel.
Querido de mi corazón, amado mío;
tu encanto es dulce, dulce como la miel.

Tú me has cautivado, libremente iré hasta ti;
novio mío, quiero escapar contigo a la cama.
Tú me has cautivado, libremente iré hasta ti;
querido mío, quiero escapar contigo a la cama.

Novio mío, te haré cosas deliciosas;
dulce tesoro mío, miel te llevaré.
En la alcoba, empapada de miel,
gocemos de tu dulce encanto.
Querido mío, te haré cosas deliciosas;
dulce tesoro mío, miel te llevaré.

Novio mío, si me quieres,
habla con mi madre y a ti me entregaré;
habla con mi padre y me entregará a ti como regalo.

Darte placer… Yo sé cómo darte placer;
novio mío, duerme en mi casa hasta el alba.
Alegrar el corazón… Yo sé cómo alegrar tu corazón;
querido mío, duerme en mi casa hasta el alba.

Si me amas,
amado mío, hazme cosas deliciosas.

Mi señor, mi dios; mi señor y mi dios protector,
mi Shusin, que alegra el corazón de Enlil,
¡ojalá me hicieras cosas deliciosas!
Tu sitio, dulce como la miel… ¡Ojalá pusieras tu mano sobre él!

Pon tu mano sobre él como la tapa de una copa;
extiende tu mano sobre él como la tapa de una copa.




Este es el poema de amor más antiguo del mundo. Eso, al menos, dicen de él en el Museo Arqueológico de Estambul, donde se expone la placa de arcilla en que fue plasmado, en escritura cuneiforme y lengua sumeria, hace unos cuatro mil años. El eminente sumeriólogo Samuel Noah Kramer nos cuenta cómo lo descubrió en 1951. Emociona leer sus palabras:

    Mientras trabajaba en el Museo de Estambul […], me topé con una pequeña tablilla que llevaba el número 2461. Durante semanas había estudiando, con más o menos curiosidad, cajones y cajones llenos de tablillas literarias sumerias aún sin copiar ni publicar. […] La tablilla con el número 2461 estaba en uno de los cajones, rodeada de otras piezas. La primera vez que puse mis ojos en ella, su característica más llamativa era el estado de conservación. Pronto me di cuenta de que estaba leyendo un poema, dividido en cierto número de estrofas, que celebraba la belleza y el amor y homenajeaba a una novia jubilosa y a un rey llamado Shu-Sin (que gobernó Sumeria hace unos 4000 años). Al leerla una y otra vez, no había duda sobre su contenido. Lo que tenía entre mis manos era uno de los poemas de amor más antiguos escritos por la mano del hombre.

Los sumerios fueron un pueblo de origen desconocido que se estableció en el sur de la antigua Mesopotamia hacia la segunda mitad del IV milenio a. C. Allí inventaron la escritura, fundaron ciudades-estado, crearon un avanzado sistema de leyes, construyeron los célebres zigurats –templos con forma de pirámide escalonada–, desarrollaron eficaces técnicas de regadío y compusieron, entre los años 2100 y 1800 a. C., los primeros poemas de amor que se nos conservan.

Los sumerios celebraban un ritual sobre el que han corrido ríos de tinta: el Matrimonio Sagrado. En él, según parece, se actualizaba la unión erótica entre Inanna, diosa del amor y la fertilidad, y el dios-pastor Dumuzi, unión que, en la mitología, traía consigo la fecundidad y la abundancia. El rey, en representación de Dumuzi, desposaba a una sacerdotisa de Inanna y se unía a ella sexualmente –de forma real o simbólica–, con el doble objetivo de legitimar el poder real y propiciar buenas cosechas.

fuente> Eduardo Gris

Uno no puede evitar imaginárselo: el palacio engalanado, el lecho de juncos y madera de cedro, el suelo perfumado con aceites; la sacerdotisa que encarna a la diosa se baña, se cubre de joyas y se tiende en la cama; recita ante el rey los versos de este poema —¡Hazme cosas deliciosas!—y ambos yacen juntos. Después, el banquete, con comida y bebida abundantes, música y danza.

Es posible que el poema de amor más antiguo fuera recitado durante la celebración de este ritual. El texto está en boca de la enamorada, que se dirige al rey Shusin para expresarle su pasión e incitarle a la unión erótica; a esta última aluden las “cosas deliciosas” que se mencionan repetidamente a lo largo del poema y la misteriosa súplica de los últimos versos, perfectamente clara si tenemos en cuenta que ese “sitio dulce como la miel” no es sino el sexo femenino.

En cuanto a Enlil, mencionado en la penúltima estrofa, es el dios del viento, cabeza del antiguo panteón mesopotámico, cuyo templo estaba en Nippur, donde se encontró la tablilla que contiene el poema. 



Fuente: Eduardo Gris

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